lunes, 27 de abril de 2009

Dar vida al tiempo

Concentrado en algunos proyectos de largo alcance, los ojos de Dios Padre fueron atraídos por un barullo lejano que, a primera vista, le resultó de mucho colorido, pero desordenado. El lugar era Londres, no cabía duda, y el motivo una concentración que no acababa de individuar. Miles de personas parecían salir de estampida de un lugar indefinido, huyendo despavoridos hacía no sabía, todavía, dónde. “¿Será una nueva aparición de la Reina Elisabeth, la atrevida que se hace llamar Cabeza de la Iglesia Anglicana? No creo, pensó. Aunque es verdad que últimamente han atenuado su entusiasmo por el folklore y se sienten tentados por un cierto republicanismo, sin darse cuenta que los ingleses sin el “Trooping The Colour ” se quedan en paños menores”.

Al mismo tiempo, esta vez en Madrid, se reproducía algo semejante. Creyó individuar a  Alex y Manolo y algunos pocos más corriendo con entusiasmo, bajo la atenta mirada de Cami. Pero, cambió de objetivo porque la geopolítica celestial estaba más polarizada hacia el Támesis, probablemente porque Madrid lo tenía más controlado.

Concentró su vista en la serpiente humana que seguía extendiéndose por la ciudad a gran velocidad. Iban desvestidos de manera pintoresca: pantaloncitos, que no llegaban a las rodillas; camiseta sin mangas, prueba de la gravedad de la crisis económica; zapatillas y unos calcetines chuscos. Parecían desnutridos y sus caras mostraban muecas de dolor y de cansancio atroz, moviendo, al mismo tiempo, los brazos cual si se escapasen por su cuenta. “No creo que se hayan escapado de Guantánamo ni por un aviso de terremoto por  esos lugares, ni que vayan a misa a la catedral de Westminster, temiendo llegar tarde”, sentenció. De repente, mostró un gesto de asombro: “Caramba!, qué les sucede a Combarro y Ángel? Están en los puros huesos y parecen anorésicos. ¿Será a causa de las penitencias de Cuaresma?” Y recordó a algunos santos que se privaban de todo durante meses hasta ponerse amarillos. Dudó un poco, repasó sus listas y desechó como impensable la duda. “Todavía los encuentro un poco despistados  y relajados en estos temas”, se dijo. Debía tratarse de otra causa más laica que, de todas formas, había que atajar no fuera que se convirtiese en epidemia. “El cuerpo humano está bien concebido, pero, aunque hay que embridarlos no es bueno maltratarlo tanto”. “Es curioso, reflexionó concentrado, estos jóvenes sonríen socarronamente ante los ayunos de tipo religioso, pero no duermen pensando que tienen que pesarse cada día para ver si han logrado quemar tres gramos más de grasa. Por cierto, se dirigió a Magdalena, recuérdame que le haga saber discretamente a Carca que un vaso de vino no engorda”.

En ese momento, con un cierto reparo, media docena de ángeles menores, casi tartamudeando, descubrieron en qué ocupaban su tiempo libre: habían creado el Club Angélico Boston, con el fin de seguir de cerca las peripecias de un grupo humano madrileño. Tenían fichas de cada corredor, unos videos con algunas de sus hazañas, conocían sus debilidades y organizaban seminarios internos para encontrar soluciones. Enviaron incluso a la tierra a un médico disfrazado que les daba charlas optimistas sobre los beneficios de su ejercicio. “Como si necesitasen más ánimos para autoengañarse”, comentó sarcástico el arcángel san Miguel, que pasaba por allí entrenando una centuria que corría al modo galáctico. Imperturbables, los alados miembros del Boston afirmaron que esperaban fichar como próximo miembro a un tal Combarro con el fin de que les explicase detalles todavía no claros para ellos. “Nosotros les confiaremos, por nuestra cuenta, detalles de este mundo que él ni sospecha”.

En Londres, los corredores mantenían su ritmo, algunos se ayudaban entre sí.( “Es bueno este espíritu de solidaridad”) y otros miraban de reojo por si les adelantaba alguien. Todos querían superar tiempos y recordaban los más minuciosos consejos del correspondiente entrenador. Dios Padre envió al serafín “capo” de los vientos y del aire para que soplara suave pero eficazmente tras las espaldas de los dos españoles. Pesaban tan poco que los hizo volar. Nadie se dio cuenta del apoyo beatífico, porque el serafín había adoptado la cara de los pequeños de Ángel y Luis, quienes en Madrid, al mismo tiempo, rezaban silenciosamente por el éxito de sus padres.

En un momento propicio, los santos de las iglesias del Oratorio y de la catedral de Westminster saltaron de sus peanas y corrieron ágilmente a la acera para verlos pasar. San Ignacio, de madera pintada de negro y con gesto adusto, saltó también de su iglesia de Farm street y sonrió complacido. “Siempre he predicado la importancia del esfuerzo y del mérito, aunque sin olvidar que somos criaturas de Dios y que, incluso, la voluntad nos es dada, aunque no cabe duda de que sin nuestra colaboración hasta Dios permanece a la espera”. Al ver a Ángel y a Luis, recordó que el primero y su esposa trabajaban en Aguirre Estudios y que Mirian se apellidaba Amézqueta, por lo que decidió participar él también. “Haré de Maties disfrazado y correré junto a ellos para darles moral y ánimo”.

San Francisco de Asís no acababa de entender aquello. El había caminado toda su vida. Sin ayuda de ningún género, aunque en compañía. Comiendo poco e incorporando compañeros a lo largo de sus correrías. “¿Pero no dijo una vez Julio César que lo importante era participar?”. Dios se rió a carcajadas. Su santo preferido había llegado a la perfección: vivía en la pura contemplación y no existía para él ni tiempo ni individualidades. “Fue dos siglos más tarde y lo dijo un gabacho que no contento con ser varón era también barón”, le contestó solemnemente Pablo, que de peregrinaciones conocía un huevo (esto es una licencia). “De todas maneras, añadió el de Asís, parecen disfrutar por lo que son capaces de conseguir de un cuerpo al límite, bastante artificialmente, como si se tratara de un fórmula 1 en un taller, en lugar de disfrutar corriendo sin más pretensiones con sus compañeros”. “Yo no me fijaría tanto en ese aspecto, comentó con un guiño el de Loyola, sino en si después de Londres se dedican con el mismo entusiasmo a engrasar su espíritu. Cuerpo y espíritu los creó el Señor y habrá que mimar a ambos”. Francisco lo miró y pensó, muy en su interior, que él nunca hubiera sido jesuita.

Mientras tanto, Ángel y Combarro han corrido y han llegado gloriosos.  Han cubierto expectativas y tiempos, aunque todo depende de los proyectos que cada uno se proponga. De todas maneras, tal como dice el sabio de Asís, ¿a qué más pueden aspirar si ellos se han esforzado, han aprendido y, sobre todo, han disfrutado y con ellos todos los que los quieren? Porque, en realidad, con ellos han corrido muchos, no solo en Londres sino, también, en Madrid. De su familia y amigos lo sabíamos, pero de sus sufridos compañeros celestiales lo hemos sabido solo por algunas indiscreciones. Está claro que,  tras la Pascua, apenas quedan fronteras entre uno y otro mundo.

 

2 comentarios:

comb dijo...

La verdad, Juan Mari que eres un crack como preparador y cronista espiritual.

Creo que la reflexión (dar las graciaa por lo afortunados que somos) que me impusiste para antes de la carrera me dió alas para acelerar en algún que otro momento

Nacho dijo...

¡Coño! ¡Si llego a saber que corriendo en Londres se tenían esos patrocinadores, hasta lo hubiese intentado yo!

Un abrazo, campeones.

Nacho